Amapolas rojas

Hace tiempo busqué en Internet un cuento llamado “Amapolas Rojas”, pero no lo encontré. Luego decidí buscarlo en bibliotecas y librerías de segunda mano hasta conseguirlo. Entonces recordé lo siguiente: cuando encontramos algo en Internet es debido a que alguien más subió esa información a la red.

Ahora, este hermoso cuento dedicado a Vladimir Illich Ulianov (Lenin), ya está en línea:

Amapolas Rojas
Vasil Jómchenko

Su apellido no lo sabía casi nadie. En la ciudad era para todos el tío Román o simplemente el jardinero. Vivía en una casa pequeña, semejante a una de juguete, junto al barranco. Alrededor de su casa desde la primavera hasta las primeras nieves crecía una multitud de flores. Y en los alféizares de sus ventanas también cultivaba flores. Quien las necesitaba en cualquier día del año se encaminaba hacia aquí.

Cuando estalló la guerra, el tío cumplió los setenta años. Al mediodía los aviones comenzaron a bombardear la ciudad. Unas cuantas bombas cayeron en la plaza, destruyeron el jardín con su fuente y las casas vecinas. Cuatro días más tarde en el edificio de la Casa de la Cultura se instaló la comandancia militar fascista.

Ahora los habitantes de la ciudad salían rara vez a la calle. Pero si alguien iba a parar a la plaza, veía sin falta a un hombre solitario trabajando con su pala. Era el jardinero.

Por su propia voluntad él trabajaba desde la mañana hasta la noche. Arreglaba los canteros deshechos y cubiertos de tierra, rellenaba los pozos. Los alemanes se le acercaban, de una manera condescendiente le daban palmadas en el hombro, repitiendo: «Gut, gut. Muy bien». Cuando terminó con los canteros, el jardinero sembró flores e hizo los trasplantes. Luego traía baldes de agua y regaba los canteros.

Al ver al jardinero muchos le decían con odio: «¡Te ganas los favores, canalla!» El viejo no contestaba nada. Otros de noche trataron de pisotear los canteros. En comandante de la ciudad dio una orden especial, en la que amenazaba con ahorcar a todo el que estropee los canteros. Entonces esos mismos vengadores anónimos rompieron todos los vidrios en casa del jardinero.

Pero el viejo con obstinación iba a la plaza, mullía la tierra, sembraba una y otra vez, hacía nuevos trasplantes. Parecía que ahora estos canteros eran ahora la cosa más importante en su vida. En el jardín de su casa arrancó todas las flores y sembró verduras.

Las plantas de la plaza crecían bien y ya empezaban a florecer. Aparecieron los tagetes y amarantos de color escarlata, se abrieron los alhelíes, despuntaron impetuosamente los tallos carnosos de las amapolas. En cantero más grande estaba sembrado de amapolas.

Sobre el jardín de la plaza, como en los días pacíficos de antaño, zumbaban las abejas y revoloteaban las mariposas. La brisa se llevaba la fragancia fina de las flores por toda la plaza.

Una mañana florecieron las amapolas. Daba la impresión de un incendio que estallara de pronto en todo el cantero. Cada pétalo de amapola parecía una lengüecita de fuego. Un chico que pasaba por la vereda se subió a la empalizada para ver mejor, y el corazón emocionado le dio un brinco. Él se bajó de la empalizada y se fue corriendo a llamar a sus amigos. En breve los habitantes de la ciudad como si fuera por algún asunto se encaminaban hacia la plaza y pasaban por el jardín. Algunos se detenían y miraban largamente los canteros. En los ojos de la gente se vislumbraba su alegría.

Cerca del jardín había un montículo, y desde él con facilidad se podía leer una palabra viva, escrita con amapolas rojas:

-Lenin.

Ahora al final de cuentas la gente comprendió el empeño del tío Román. En ese mismo día una mano invisible colocó todos los vidrios en las ventanas del jardinero.

Las amapolas florecían sin cesar. Unos pétalos caían y otros en cambio aparecían. La palabra «Lenin», como de fuego vivo, no se consumía. Si uno se sentía apesadumbrado, le era suficiente ir a la plaza y leer ese nombre inmortal para recobrar ánimo.

Una vez el comandante fascista salió al balcón y leyó esta palabra en el cantero. Como loco se fue corriendo a su despacho, y después de unos minutos un camión lleno de soldados dejó la comandancia a toda velocidad. El camión se detuvo junto a la casa del jardinero. Los soldados rompieron la puerta a culatazos, pero no encontraron al dueño. Entonces incendiaron la casa, se volvieron a la plaza y arrancaron todas las amapolas.

La gente contemplaba con tristeza los pétalos marchitos que el viento esparcía por la plaza. De pronto una nenita que paseaba con su mamá por el jardín señaló el cantero con su dedo y leyó:

- Le-nin.

- Lenin, -leyeron también las personas que pasaban. Las trinitarias azules y amarillas, que antes no se veían entre las amapolas, formaron la palabra inmortal.

En otro cantero la palabra estaba escrita con tagetes rosados. Entre ellos ya florecían las fragantes y modestas resedas. Y allí también se podía leer:

- LENIN

Al viejo jardinero lo refugió la gente buena, y vivió ocultándose hasta el día feliz de la liberación de la ciudad.